XLVIII
Cada vez, cada día, no lo olvidé.
Cada noche, si eran noches aquellas
o quizás días llenos de oscuridad,
eran tan sólo destellos efímeros que alejaban el dolor
y era el dolor quien hasta entonces me consumía
y sin embargo, aún arden en mí los recuerdos de la soledad.
Pero entre oscuras siluetas en valles lejanos
y entre densas neblinas de ríos olvidados
una estrella surgió y un brillo casi ya olvidado llegó ante mí.
Con tiernas sonrisas y dulces miradas,
era aquello que creía perdido
y sin embargo entonces, se abrigo una esperanza.
Una brisa rozó mis mejillas y la tersura de tu piel se reveló ante mi.
Calidez casi ya extinta con el último amanecer de mi vida
fue el cruce de tu mirada con la mía.
Y tu voz, sí, tu voz.
Tu voz de melancolía, tu voz de sueños, tu voz de alegría.
Aquel dulce canto de ángel que cuída de mí,
mostrando aquella risa que invitaba a la mía,
me hacía olvidar el dolor,
me hacía olvidar la vida.
Todo aquello fue un segundo, todo aquello fue nada,
podrían ser mil centurias y aún así no ser nada.
Y es que el tiempo no conoce de ti,
y tu naturaleza no conoce del tiempo.
No bastaría esta vida, no bastarían otras, ... no bastaría ninguna.
Un abrazo tuyo, tenerte en mis brazos.
Una caricia tuya, tomarte de las manos.
Un beso tuyo, una mirada, tu dulce mirada.
Nada de lo que eres basta para una vida
y mi vida no basta para tenerte.

o quizás días llenos de oscuridad,
eran tan sólo destellos efímeros que alejaban el dolor
y era el dolor quien hasta entonces me consumía
y sin embargo, aún arden en mí los recuerdos de la soledad.
Pero entre oscuras siluetas en valles lejanos
y entre densas neblinas de ríos olvidados
una estrella surgió y un brillo casi ya olvidado llegó ante mí.
Con tiernas sonrisas y dulces miradas,
era aquello que creía perdido
y sin embargo entonces, se abrigo una esperanza.
Una brisa rozó mis mejillas y la tersura de tu piel se reveló ante mi.
Calidez casi ya extinta con el último amanecer de mi vida
fue el cruce de tu mirada con la mía.
Y tu voz, sí, tu voz.
Tu voz de melancolía, tu voz de sueños, tu voz de alegría.
Aquel dulce canto de ángel que cuída de mí,
mostrando aquella risa que invitaba a la mía,
me hacía olvidar el dolor,
me hacía olvidar la vida.
Todo aquello fue un segundo, todo aquello fue nada,
podrían ser mil centurias y aún así no ser nada.
Y es que el tiempo no conoce de ti,
y tu naturaleza no conoce del tiempo.
No bastaría esta vida, no bastarían otras, ... no bastaría ninguna.
Un abrazo tuyo, tenerte en mis brazos.
Una caricia tuya, tomarte de las manos.
Un beso tuyo, una mirada, tu dulce mirada.
Nada de lo que eres basta para una vida
y mi vida no basta para tenerte.

1 comentario:
oh!
que lindo!!!
que cancion atabas escuchando que se te ocurrió este poema?? jajaja
esta muuuuuy lindo!
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